domingo, 25 de junio de 2017

Jairiel frente al ángel oscuro


”Estoy dispuesto a todo
por gozarte”
-pensó Jairiel-
aunque
era el tercero esa tarde en ponerse a la cola
de un sueño.
El sol golpeaba con puño de fuego
las calles.
Jairiel,
ataviado con fino traje de soberbia,
alzó la mirada
ante su deslumbrante diosa,
la miró fieramente a los ojos.
Ella le devolvió una luz arrebatadora,
febril,
contoneó su cuerpo de ninfa, dejó entrever
unas piernas de escándalo y retó con sus carnosos labios
a los sufridos y ansiosos amantes.
”Estoy dispuesto a todo por ti”- gritó Jairiel-;
sacó de su bolsillo izquierdo
un puñal de infamias,
y atacó a su descuidado rival
por la espalda.
Almidonó su ira con níveas metáforas,
y no sé qué enfangadas razones patrias
que justifican toda subversión, toda
traición a los historia.
Pero quedaba otro adversario, más sagaz,
más astuto que él;
tuvo que silenciarlo, recurriendo al chantaje
y al oprobio.

Por fin pudo quedar Jairiel a solas frente a ella.
“Eres quien necesitó -musitó su ígnea diosa-
puesto que a todo estás dispuesto por mí;
muerde los sinuosos racimos de mis pechos,
adéntrate en el túnel que se descubre ante ti,
arde en el cáncer de mi desmedida voluntad.
Tengo al mundo
comiendo de mi mano, amoldo a mi antojo
los destinos
de los hombres; el tuyo me pertenece también.
Ven, amor, danza
al ritmo del rayo de mi carne
inmortal.
Regálame un látigo de represión, amante mío,
que pueda silenciar lo que desprecio;
follarme todo principio, disolver en el ácido
de mi saliva
cualquier dedo acusador.

Y Jairiel se sintió poderoso, implacable,
por un brevísimo latido de tiempo.
Hasta que un día
alguien le apuñaló
(por amor)
y a traición;
alguien
arrastrado por una corriente
salvaje,
por un sueño voraz y caníbal
que sabía a sacrificio, a sudor y a lágrimas
ajenas.